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Daniel CastañedaCoach profesional
El Yo19 de octubre de 202614 min de lectura

¿Quién decide tu vida?

Creemos que elegimos y muchas veces reaccionamos. Sobre algoritmos, marcos y la diferencia entre decir sí por defecto y decir sí con dirección.

PsicologíaFilosofía

¿Cuándo fue la última vez que elegiste algo de verdad?

Quizás pensaste: "hace un momento, cuando decidí abrir este texto".

Ahora piensa cómo llegó hasta ti. ¿Lo buscaste, o apareció en tu pantalla?

En 2018, Neal Mohan, entonces director de producto de YouTube, contó que cerca del 70 % del tiempo que pasamos en la plataforma llega por recomendación del algoritmo.

Algo eligió por nosotros, y se sintió como si eligiéramos nosotros.
Es cómodo. A veces, incluso útil.

Hoy damos un paso más. Además de dejar que una máquina escoja lo que vemos, le preguntamos qué hacer. En un estudio de OpenAI con la Oficina Nacional de Investigación Económica de EE. UU. (NBER), casi la mitad de los mensajes a ChatGPT eran para preguntar o pedir consejo. Y tres de cada cuatro eran ajenos al trabajo.

De escoger el texto que leemos pasamos a escoger la vida que llevamos...
Ahí la pregunta pesa diferente...

"Que alguien me diga renuncia y ya"

Hay una decisión que se repite en los comentarios de los videos sobre el trabajo:
"¿Debería quedarme o irme?"

"Son cosas que uno sabe, pero que necesita escuchar de otra persona."

"A veces solo necesitamos que alguien nos diga renuncia y ya."

"Tengo un trabajo en donde gano bien, pero salgo todos los días con dolor de cabeza, las vacaciones ya no me hacen nada, y he perdido el sentido a mi trabajo."

Detrás de todas hay una pregunta más grande, la que llega un martes cualquiera:
¿y esto es todo lo que la vida tiene para ofrecerme?

Lee de nuevo estas frases que todos hemos escuchado.
Lo que pedimos pareciera ser que alguien decida por nosotros, nuestro jefe, nuestra pareja, el grupo de amigos, la familia, alguien.

Por eso la pregunta de fondo es otra.
Cuando decides, ¿quién decide?

El día que dije que sí

Durante años trabajé en consultoría.
Firmé ese contrato porque quería trabajar en esa empresa. Fue una decisión, y la tomé con ganas.

Con el tiempo, empecé a sentir que ya no quería eso. Y no sabía qué hacer.

Recuerdo uno de esos días en que me anunciaron una nueva misión. Por dentro sabía que no la quería.

Dije que sí.

Y me convencí a mí mismo de que lo había elegido.
Al fin y al cabo, fui yo quien dijo que sí.

Viéndolo en retrospectiva, esa vez reaccioné en vez de decidir.

Lo difícil es saber qué hacer cuando dejas de querer lo que elegiste.
Ahí, reaccionar es más fácil que decidir, porque hay muchas cosas en juego y eso hace que la decisión pese.

Lo que sentía por dentro era una duda muy concreta:
siento que ya no quiero esto, pero si no lo hago, ¿qué hago?

Guarda esa frase. Vamos a volver a ella.

Mismo problema, decisión contraria

En 1981, los psicólogos Amos Tversky y Daniel Kahneman publicaron en la revista Science un experimento sencillo.

Imagina un brote de una enfermedad que puede matar a 600 personas.
Hay dos programas para enfrentarla.

A un grupo se lo plantearon así:

  • Con el programa A, se salvan 200 personas.
  • Con el programa B, hay una probabilidad de un tercio de que se salven las 600, y de dos tercios de que no se salve nadie.

El 72 % eligió el programa A, el seguro.

A otro grupo le plantearon exactamente lo mismo, con otras palabras:

  • Con el programa C, mueren 400 personas.
  • Con el programa D, hay una probabilidad de un tercio de que nadie muera, y de dos tercios de que mueran las 600.

El 78 % eligió el programa D, la apuesta.

Los números son idénticos. Salvar a 200 de 600 es lo mismo que perder a 400. Lo único que cambió fue el marco: hablar de vidas salvadas o de vidas perdidas. Y con eso, la decisión se dio la vuelta.

Los autores lo comparan con dos montañas.
Desde cualquier punto de vista, la más alta sigue siendo la más alta.
Con nuestras preferencias y elecciones debería pasar igual: si prefieres A, la sigues prefiriendo aunque te la cuenten de otra forma.

Y resulta que basta con cambiar las palabras para, a veces, cambiar de decisión.

Pérdida o precio

El marco del problema sale de dos lugares:

  1. de cómo te plantean el problema y
  2. de quién eres, con tus normas, tus hábitos y tu forma de ser.

Piensa en tu sueldo.
Lo que soportas cada semana puedes vivirlo

  • como una pérdida de algo, o
  • como el precio de algo que quieres.

Los hechos son los mismos.
La experiencia cambia.

Tversky y Kahneman dicen una cosa más que me parece clave:
si la forma de mirar cambia lo que sentimos, elegir un marco es un acto de gran importancia ética.

Y proponen una pregunta para las decisiones difíciles.
En lugar de "¿qué quiero ahora?", pregúntate "¿qué sentiré después de tomar esa decisión?".

¿Quién pone el marco de la situación?

Si la forma en que miramos un problema pesa tanto, la siguiente pregunta llega sola: ¿quién decide cómo lo miramos?

La psicología social describe desde 1955 dos fuerzas con las que otros deciden por nosotros: "el que parece saber" y "el grupo".

"El que parece saber"

Seguimos a alguien porque creemos que sabe más, sobre todo cuando la situación es confusa.

Es el gurú que ves en redes sociales. Te asegura un paso a paso en el que renunciar es el primer paso para hacerte rico, y sus testimonios exageran sus logros.

Es también la respuesta de la IA. Con las máquinas pasa algo más. Los estudios sobre el sesgo de automatización lo muestran: tendemos a aceptar lo que sugiere un sistema automático, como ChatGPT o Claude. Y cuando confiamos en él, lo vigilamos menos. Les pasa a novatos y a expertos, y resiste a la práctica y a la formación. Saber mucho tampoco protege.

La IA puede ser un gran prisma. El problema empieza cuando le entregamos la decisión.

Y es el "lo vi en TikTok". Todos conocemos a alguien que compartió una noticia falsa convencido de que era verdad. Un estudio sobre Facebook en Estados Unidos lo midió. Los mayores de 65 compartieron casi siete veces más artículos de sitios de noticias falsas que los más jóvenes.

Con la IA, distinguir lo falso de lo real se vuelve más difícil. En un estudio de 2022, las personas acertaron solo el 48 % de las veces al distinguir una cara real de una creada por IA. Peor que una moneda al aire.

Antes de señalar, vale la pena preguntarse cuántas veces lo hemos hecho nosotros al argumentar en alguna discusión de nuestro día a día.

"El grupo"

Seguimos al grupo para pertenecer. El equipo, la familia, la empresa, el "así funciona aquí". Cambia lo que hacemos en público, aunque por dentro sigamos pensando otra cosa.

Un libro de ventas, Pitch Anything, lo enseña como técnica: cuando dos marcos chocan, el más fuerte absorbe al más débil. Dicho de otra forma: si tu marco es borroso, adoptas el del otro.

El cuerpo lo paga

Un metaanálisis de 2016 reunió 20 estudios de seguimiento y encontró algo que descoloca. Sentir que tu trabajo es inseguro se asoció con síntomas depresivos con una fuerza algo mayor que estar desempleado. Es una asociación, no una causa, y la diferencia es pequeña.

Es decir, en síntomas depresivos, la incertidumbre dentro del trabajo puede pesar tanto o más que el desempleo.

Esa inseguridad puede venir de la competencia, del entorno o de la circunstancia.

La incertidumbre sostenida pesa.
Y el cuerpo lo registra y lo manifiesta antes que la cabeza.

Una persona cercana me contaba que le encantaban los viernes.
Por fin podía respirar y dejar de pensar en su trabajo.
Y cuando llegaba el domingo por la noche, algo cambiaba. Llegaba la angustia de enfrentar, cinco días más, un trabajo que la dejaba vacía y una jefa que no le gustaba.

Quédate con la imagen de ese domingo en la cabeza.

La piedra que se cree libre

En una carta de 1674, el filósofo Baruch Spinoza propone imaginar una piedra lanzada al aire.
Si mientras vuela pudiera pensar, creería que vuela por su propia voluntad.

Y añade que "esa es la libertad humana de la que todos presumen" (traducción propia).
Somos conscientes de nuestros deseos e ignoramos las causas que los provocan.

La piedra siente el vuelo.
El lanzamiento lo olvida.

Yendo más lejos, Spinoza decía que, para él, la voluntad libre es una ilusión.
Ahí me separo de él.
Para mí, la libertad existe cuando eliges de forma consciente.

Pero su piedra me sirve de espejo.
¿Quién se siente preso mientras vuela?

Deseos sobre tus deseos

En 1971, el filósofo Harry Frankfurt propuso una idea que ayuda a entender por qué nos pasa esto.

Tenemos deseos: comer, descansar, quedarnos, irnos.
Frankfurt los llama "deseos de primer orden", es decir, deseos directos que nos llevan a ejecutar una acción.

Y tenemos algo que, según él, nos hace personas: deseos sobre nuestros deseos.
A estos los llama "deseos de segundo orden".
Desear que un deseo sea el que te mueva, o querer que deje de moverte.

Te lo explico con un ejemplo real y personal:
Cuando abro las redes sociales, la intención es: distraerme y olvidar mis problemas.
Ese es el deseo de ahora (primer orden).

Pero tengo otro deseo sobre ese deseo: quiero que lo que me mueva sea mi proyecto.
Deseo desear que mi proyecto me mueva (segundo orden).

Cuando cierro la aplicación, siento que desperdicié mi tiempo.
Actué como quería actuar en ese momento, y en contra de lo que quiero querer.

La misma acción, tres personas

Frankfurt lo ilustra con tres adictos. Llevémoslo al trabajo. Imagina a tres personas que se quedan en el mismo empleo.

  • La primera se queda, y una voz le dice "esto no soy yo".
    Desea quedarse y desea no desear ese trabajo.
    El deseo que gana es el que la persona rechaza.
  • La segunda se queda porque "le toca".
    Se deja llevar por el deseo más fuerte, cualquiera que sea, y jamás se hace la pregunta.
  • La tercera se queda y lo hace suyo. Quiere estar ahí, y quiere quererlo.

Desde fuera, las tres hacen lo mismo.
Por dentro, solo una elige.
Renunciar funciona igual.

Frankfurt distingue la libertad de hacer lo que quieres de la libertad de querer lo que quieres. Puedes tener la primera y carecer de la segunda.
Puedes hacer lo que quieres y aun así ser poco libre, siendo esclavo de lo que haces y no escogiendo lo que quieres.

Elegir o reaccionar

Aquí está lo que, para mí, une todo esto:

Muchas veces estamos seguros de nuestras reacciones y no de nuestras decisiones.

Quien reacciona también siente que la idea es suya. La piedra también.
Por eso sentirte seguro dice poco sobre si elegiste.

Lo que distingue elegir de reaccionar es otra cosa.

Dos tipos de duda

Cuando decidí renunciar, tuve duda y miedo.
Pero era miedo a la incertidumbre de un camino que yo había escogido.

Cuando acepté aquella misión, la duda era distinta.
Era siento que ya no quiero esto, pero si no lo hago, ¿qué hago?

Miedo con direcciónDuda sin dirección
Lo que dice por dentro"Sé a dónde voy, aunque me dé miedo.""Siento que ya no quiero esto, pero si no lo hago, ¿qué hago?"
Lo que pasa al decir que síEliges, con miedoDices que sí por defecto, o sin tener el panorama

El miedo, entonces, es compatible con elegir.
Lo que delata la reacción es la falta de dirección propia.

Y cuando falta la dirección, el marco más fuerte ocupa el espacio.
El del jefe, el del gurú o el del algoritmo.

Dos formas de reaccionar

Reaccionamos de dos maneras.
O pasamos por alto las consecuencias;
o ya sabemos que no queremos eso, y lo hacemos igual.

Elegir es lo contrario:
preguntarte qué quieres, qué sentirás después y acercarte a ese estado.

Hay otra señal.
Cuando reaccionas, deseas que algo termine, y tus acciones lo mantienen vivo.
Cuando eliges, deseas que la situación continúe y evolucione.

La dirección

Para mí, dirección es saber qué haces con tu tiempo.
Apuntar con intención y ser consciente desde dónde tomas la decisión.

Ojo: las horas dicen poco de tu dirección.
Puedes trabajar duro, dormir poco y aun así ir en la dirección de otro.

También pasamos horas en Instagram o TikTok, y con gusto.
La diferencia está en lo que sientes al terminar: si invertiste tu tiempo o si lo desperdiciaste.

La firma

Cada decisión de este tipo lleva "una firma" con ella.
Firmas el marco de otro, o tomas tu propia dirección.

En el trabajo, para algunas personas la dirección es colaborar en el sueño de otra persona. Eso también puede ser elegir.
Para otras, es impulsar sus propias ideas.

Con la pareja pasa lo mismo.
Para algunas personas, la dirección es conservar la relación y trabajar en ella juntos.
Para otras, es dejarla ir, por una razón válida para ellas.

Lo que importa es si elegimos esa dirección con nuestro propio criterio.
Quedarse puede ser una elección. Irse puede ser una reacción.

Entonces, pregúntate: hoy, en tu trabajo, ¿cuál de las tres personas eres?

Decides como entiendes

A los 27 años tomé una decisión distinta.
Decidí pagarme yo mismo la certificación como coach profesional y hacer lo necesario para terminarla.
Después vinieron otras: ahorrar para viajar a ese país que tanto quería visitar, dejar mi anterior trabajo para dedicarme a lo que de verdad quería hacer.

Ninguna me la empujó otra persona.
Las reflexioné, las estudié, las planeé.
Y eso fue lo que me conectó conmigo mismo.

Esta vez, sabía hacia dónde iba.

Spinoza escribió que la voluntad y el entendimiento son una sola y misma cosa.
Lo traduzco así: decides como entiendes.

La libertad no es hacer lo que queramos cuando queramos.
La libertad es escoger.
Y para mí, escoger es hacerlo de forma consciente, con todo el panorama en la mente.
Ese panorama tiene tres partes: lo que hace falta para llegar, las consecuencias posibles y los riesgos.
Cuando nos falta el panorama, o al menos una buena parte, damos un salto al vacío.
Y así volvemos a reaccionar, a ciegas ante las consecuencias de nuestros actos.

Vuelve al domingo por la noche.

Puede ser el mismo domingo y vivirse de dos maneras.
Con angustia, deseando que el fin de semana dure para siempre.
O con ganas de que llegue el lunes para seguir con lo que construyes.

Reaccionar puede destruir.
Elegir construye.

Tu próxima decisión

La respuesta sobre tu trabajo es tuya.

Mía no, de otro creador tampoco, y tampoco de tu mamá (con todo el respeto a tu mamá).

Y eso, más que un peso, puede ser un alivio.
Solo tú puedes autorizarte a tomar una nueva dirección.
Y esa autorización llega cuando tienes el panorama: cuando miras tu situación desde varios ángulos, como hicimos aquí, y entiendes lo que te mueve.

Yo solo te presento diferentes prismas; el criterio es tuyo.

Así que te dejo una pregunta:

¿Qué decisión estás esperando que alguien tome por ti?

Si quieres pensarla en voz alta, tienes una conversación gratuita de 30 minutos conmigo.


Fuentes